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El gran árbol

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El gran árbol

Una de las imágenes más hermosas y que más recuerdo de mi niñez, es la de estar en la cima de un gran árbol. Yo vivía en Quinta Normal, en una enorme casa, de esas que nunca terminas de recorrer. Teníamos un largo patio con un infinito y añoso parrón que nos brindaba de los más diversos tipos de uvas. Este lugar podría ser el sueño de cualquier niño de mi edad. Tenía innumerables espacios, cada uno con historia propia, lugares secretos que me ofrecieron aventuras al mejor estilo Backyardigans. Recuerdo incontables árboles frutales, un huerto del que mi padre se encargaba prolijamente de cuidar. Teníamos un gallinero, en donde llegamos a criar más de cien gallinas, a las cuales les poníamos nombres y llorábamos cuando nos las servían en un plato de cazuela.

Este paraíso, digno de una novela de Tolkien, tenía un protagonista. Al final del inmenzo patio había un gran árbol. Este era una vieja higuera de un gran y deformado tronco, de donde desembocaban largos brazos y ramas, que para mi percepción de niño, tocaban las nubes, y de noche alcanzaba las estrellas. Ahora, siendo objetivo, puedo decir que efectivamente aquel árbol tocaba las estrellas y las nubes.

En algún momento de esos siete u ocho años que vivimos en esa casa, este gran árbol me permitió llegar a la cima de su brazo más alto. Fueron varios intentos. Tuve que vencer el miedo, conocer bien a este gigante, recorrerlo, hablarle, hacerme amigo, domesticarlo, respetarlo y amarlo.

Como dije al comienzo, esta es la imagen más hermosa: Estar en la cima de este gran árbol, donde podía gozar de una extraordinaria y privilegiada vista. Recuerdo las sensaciones: el silbido del viento jugando con mi cabello, los ronquidos de los añosos troncos y ramas que danzaban al ritmo del viento, el olor ya olvidado de sus hojas. Tengo una imagen latente de este árbol llorando. Todo sucedió un día, cuando en la mitad de la escalada clavé una estaca de fierro en su brazo. El árbol lloró, y yo me entristecí.

Al día siguiente, después de una noche desvelada, fui donde mi amigo a quitarle esta dolorosa “espina”. La respuesta fue categórica e inapelable. La estaca se había aferrado al tronco tan ferozmente, que de ninguna manera pude sacarla.

Esta estaca era la que faltaba en el trayecto para poder pasar a la otra mitad del árbol, y así llegar a la cima.

Entonces entendí que el gran árbol quería otorgarme el privilegio de llegar hasta su cima. La tristeza se la llevó el viento.

Este árbol era mi refugio, mi lugar predilecto. Allí, en la cima, podía pasar horas contemplando la humanidad (y contemplándome a mi mismo). Siempre este sagrado rito era interrumpido por un “Davicitooo, está servido el almuerzo” o “Davicitooo, es hora de acostarse”. Generalmente, cuando me llamaban a almorzar, obedecía más rápidamente.

La vista era increíble, esto acompañado de las sensaciones que relaté anteriormente, eran un verdadero elixir para el alma. En la cima veía a la humanidad en su esencia. Ya reconocía sus rutinas, y hasta adivinaba sus acciones. Podía leer sus mentes, oler sus sentimientos, y hasta ya no me asombraba de la falta de pudor de algunos vecinos.

Esta cima me otorgaba emergías y poderes asombrosos. Sin duda era un niño privilegiado.

Este es un maravilloso recuerdo de mi niñez, un hermoso regalo en mi historia de niño, que aún me sigue acompañando. Aunque esta casa aún existe, no sé si aún existirá este árbol. Seguramente espera a ser comprada por alguna inmobiliaria para ser reemplazada por algunos de estos monstruos de cemento. Muchas veces paso por fuera, y me comen las ganas por tocar el timbre de ese gran portón, la idea es poder ver a este árbol. No lo hago por una razón bien simple: el miedo a que ya no esté.

Mi santa y querida abuela que está en el cielo, una vez me dijo: “…las cosas que nos marcan en la vida, siempre son para prepararnos para algo más grande”.

Y tenía razón. Hoy en día, este gran árbol es una hermosa metáfora para referirme a la divinidad de Dios. Él me permitió llegar a sus brazos. También lo vi llorar por mi culpa, le clavé una estaca en sus brazos y pies. Yo me entristecí. Él se sacrificó para que yo llegara a la cima.

Cuando rezo, recuerdo cuando estaba en la cima de este árbol. A veces experimento las mismas sensaciones. A veces me gustaría leer el pensamiento los seres que amo, y los que no tanto. Muchas veces me gustaría poder adivinar sus acciones y poder leer sus sentimientos. Algunas veces me gustaría volver a tener esos poderes asombrosos.

De alguna manera, este gran árbol aún existe. Hoy, me cuesta mucho escalarlo. Muchas veces no logro llegar a su cima.

Debe ser porque estoy más viejo, gordo y cansado.

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