Ángel para un final
Primero quiero aclarar que soy escéptico. Soy un “Santo Tomás” que siempre espera ver para creer. No creo en el dinero fácil, ni en los milagros, tampoco en las coincidencias. Aclarado este punto, procedo a contar esta historia:
Isaura se llamaba mi abuela paterna, ella nació, se crió y murió en el campo, de ese campo que ya no existe, donde no existía luz eléctrica ni agua por cañería. Del campo más auténtico y añejo que se recuerde, donde todo se sembraba, se cosechaba y se preparaba. Donde no habían máquinas, sólo el brutal pulso de caballos, burros y mulas. De ese campo que tanto extraño ahora y del que tantas historias hermosas guardo.
Mi abuela Isaura, tosca y ruda, pero con un cariño que traspasaba cualquier gesto. Ella siempre esperaba, me miraba y yo me rendía. Hablaba y todo lo que decía era tan sabio y esencial. Tanto silencio en sus palabras, si ni siquiera recuerdo su voz, pero recuerdo lo más importante, todo lo maravilloso, lo increíble… yo le creía todo, y nunca dudé. Yo, el escéptico, me entregué a la verdad única que traspasa el lenguaje y la palabra.
Esta abuela tan maravillosa murió. Partió un día en invierno. No lloré, no sé porqué, pero no lloré. Partimos en la noche al campo, y vi a mi padre llorar sobre su ataúd. Vi una cantidad incontable de gente, nadie estaba triste, todos hablaban de ella, recordaban anécdotas y contaban maravillosas historias. Era raro, porque era como si nunca se hubiera marchado, no la veia, pero era como si ella estuviera por allí, atendiendo a las personas, invisible ante tanta cantidad de gente. Nunca la vi muerta, no me acerqué a su ataúd, nunca me gustaron las personas en cajones, además no quería guardar esa imagen en mi memoria.
Pasaron varios meses antes que volviera a Pucalán. Fue en el verano, donde fui a pasar mis vacaciones a la casa de mi tía Olga, la hija de mi difunta abuela, en el mismo lugar, el mismo campo, los mismos olores y recuerdos.
Recuerdo que alojé en la habitación del fondo, una pieza grande donde habían dos camas con colchones de lana y respaldo de bronce. Había un añoso ropero y un ventanal a los pies de la cama con vista al cerro. Se hizo de noche y partí a mi pieza acompañado de la tímida luz de una vela en un candelabro. Me acosté, apagué la vela y me dormí.
Recuerdo todo con absoluta claridad. Desperté a las cuatro de la mañana de un sobresalto, algo raro había, no sabía que era. Había alguien dentro de la habitación, no podía ver y tampoco tenía fósforos para encender la vela. Lo recuerdo todo: el crujido del piso de madera acompañado del taconeo de los pasos; el rechinar del somier de la cama que estaba al lado; la silueta a contraluz de una persona en mi ventana, el sonido oxidado y agudo de la puerta del ropero; el sonido seco de la maleta siendo arrastrada por la habitación. Muchas veces se sentó en la cama de al lado y me observaba, como siempre lo hacía cuando estaba con ella. No habló, no me tocó, sólo me miraba, se paraba y recorría la habitación, abría el ropero, me movía las cosas, se paseaba al frente de mi ventana y pude ver su silueta dibujada a contraluz de una ventana con la luna llena de fondo. Yo, estaba aterrado, no entendía nada, pero en mi escepticismo sabía que había alguien dentro de la pieza. Comencé a llamarla por cada uno de los nombres de mis primas, pero no contestaba. Con la bulla, se levantó mi tía, encendió su candelabro y se dirigió a mi habitación. Entró por la única puerta que había, y al iluminarse la pieza, comprobé con espanto que no había nadie dentro.
Mi tía me preguntó que me pasaba, yo no dije palabra. Estaba mudo. Mi tía partió a su pieza, y de nuevo comenzó la función.
Yo estuve un mes completo de vacaciones en el campo de mi abuela, y en todas y cada una de las noches que alojé en esa pieza, sucedió lo mismo. Al comienzo, yo me aterraba, después me acostumbré.
Después volví a Santiago, cargando un montón de recuerdos e historias. A pocas personas les conté este episodio, ya que no quería ser internado en una clínica siquiátrica.
De esto han pasado 21 años, y aún recuerdo todo. Pero más que el episodio mismo, recuerdo a mi abuela Isaura, su mirada, su pelo blanco como la nieve… uf! Son tantas cosas. Por ejemplo recuerdo estar conversando con ella alrededor de un brasero, los dos con una varilla fundiendo el queso en el fuego, untándolo en pan amasado y comiéndolo. Ella, con sus manos gastadas y sin tacto, tomaba las brazas y las acomodaba dentro del pequeño artefacto.
De repente hay imágenes que valen por la vida misma, y ella representaba todo aquello, lo simple y lo maravilloso; lo mágico y lo entrañable.
Es tan bello y simple el mensaje, ya que nuestros seres queridos mueren cuando nosotros los enterramos, cuando los lloramos en su lápida. Ellos mueren cuando los sacamos de nuestras vidas, cuando somos tan escépticos y creemos en la muerte tan definitiva y cruel. ¿Es que puede no haber algo tan absoluto como la muerte? Bueno, yo creo que depende, porque en el caso de mi abuela Isaura, nunca sentí que se fue, sólo en el discurso, pero nunca la vi partir, nunca se despidió, sólo me dijo que estaríamos juntos el próximo verano, y así fue… Puedo decir que la extraño, que la recuerdo y que la admiro, pero en la divinidad del ser humano, con sus miserias y dones, creo que existe un sentido para la vida, y no para la muerte.












