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Por donde sangra la herida

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Por donde sangra la herida

Sebastián Piñera llora y sangra por la herida, su rostro desfigurado por el dolor, los gemidos autocompasivos que brotan de su boca, delatan la insufrible agonía que experimenta tras los minutos vividos ayer en el coliseo/estudio transmitido por TVN.

El análisis va mucho más allá de lo que se vio ayer. Una cosa es lo que vimos, pero otra es lo que en realidad ocurrió. Bueno, es allí donde quiero dirigirme.

Primero quiero partir diciendo que el gran ganador del debate del día de ayer, fue Eduardo Frei. El candidato de la concertación, a diferencia de los otros tres candidatos, no centró su debate en demostrar quién es; no fue su intención hacer un ofertón de su candidatura; tampoco se centró en detalles y cifras de sus propuestas de gobierno; ni siquiera le interesó mostrarse como un estratega ni un gran orador.

Eduardo Frei es como aquel futbolista que carece de todos los dotes técnicos. Podríamos decir que Frei que es un jugador desordenado, que no corre, no hace goles, no marca, no “joga bonito”, etc. Este tipo de jugador, carente de cachañas y bicicletas, no aspira a ser extraordinario, su tarea está escrita y su misión raya en lo extrafutbolístico. Su estrategia es entrar a la cancha con el despiado del verdugo, y sin aviso, barrer con pierna fuerte a su contrincante, con la fría finalidad de quebrarlo e inhabilitarlo de cualquier posibilidad se seguir jugando.

Frei golpeó primero, Piñera ya venía algo resentido, pero al ser acusado de uso de información privilegiada, terminó por revolcarlo interminablemente en su dolor y rabia. Y cuando trató de desquitarse, ya era muy tarde y la escena demasiado triste como para otorgar credibilidad a su argumento.

Los gemidos de Sebastián Piñera se escucharon en todo el estudio, trascendió y llegó a cada uno de los oídos de los telespectadores. Piñera sangró y lloró por la herida, perdió mucha sangre, pero no muere, pues está lejos de pretender darle aquel gusto a varios.

La estrategia de Frei y su equipo no se centró en él mismo. Nunca hubo intención de demostrar nada, tampoco hubo un ápice de anhelo narcisista en su discurso. Eso no le importaba, no pretendía ninguna estrategia en cuanto a sus propios méritos. Sólo se centró en buscar el momento exacto donde dar su estocada y dejar por el suelo a su mayor oponente.

Quise centrarme en estos dos candidatos, los más importantes según las encuestas, sin la intención de desmerecer a Marco Enríquez-Ominami ni a Jorge Arrate, que lejos fueron los que ganaron más puntos dentro del contexto de “debate”, pero, al igual que en el ajedrez, pareciera que las estrategias pueden ser usadas, y mal usadas, dentro de cualquier episodio político.

Ya lo dije, Piñera sangra pero no muere. No hay que olvidarse que de su herida sangra y se alimenta.

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