1 de abril de 1987
El reloj marcaba las cinco de la tarde del día Miércoles 1 de Abril de 1987, cuando el avión se posó en la pista del aeropuerto Pudahuel. Las calles estaban vestidas de colores y anhelos. El trayecto por donde pasaría el Papa Juan Pablo II estaba acordonado y resguardado por carabineros, y desde la mañana la gente guardaba su sitio en los cordones del infinito trayecto para ver pasar al Santo Padre. Recuerdo todos los detalles: el día anterior había alojado en la casa de mi tio, el cual vivía cerca de donde pasaría el Papa. Había organizado todo con mi familia para aquel día. Recuerdo nos instalamos temprano en el cordón de la Avenida San Pablo para obtener una buena ubicación. A las 10 de la mañana ya estábamos instalados al borde del cordón, con un televisor conectado a una batería de auto, con termos con agua caliente, una provisión bastante contundente de sandwich, jugos y bebidas. La mayoría de la gente escuchaba por radio las noticias, el pequeño televisor conectado a la batería mostraba, por ejemplo, imágenes de antiguas visitas del Papa a otros países, entrevistas a políticos, obispos y sacerdotes que daban su apreciación con respecto a lo que sería la visita del Santo Padre.
El tránsito estaba cortado, y rara vez se veía pasar un vehículo. De vez en cuando pasaba alguna ambulancia, un carro de bomba o un radiopatrulla. La expectación aumentaba a medida que avanzaban las horas, y pasado el medio día, comenzaron a aparecer los primeros comestibles, los cuales indicaban que la hora de almuerzo ya había comenzado. Algunas personas llevaban cajas de cartón, las cuales eran armadas para ser usadas como mesas. Los más osados servían contundentes platos con porotos o lentejas, otros comían el siempre bien recibido pollo con arroz; pero lo más común era ver como aparecían los sandwich con churrascos, los sencillos de jamón con queso, o el típico e infaltable huevo duro. El calor empezaba a desgastar las mentes de todos los que estábamos aglomerados en la interminable calle acordonada. El clamor de versos interminables de vendedores ambulantes resonaba como el más incesante llanto de un bebé. Los helados, golosinas y bebidas eran productos muy requeridos. Las mismas cajas de cartón que habían sido utilizadas como mesas en el almuerzo, ahora habían quedado reducidos a pequeños trozos, los cuales eran utilizados como abanico, y para protegerse del sol.
Eran las cuatro de la tarde, en un momento, las imágenes del improvisado televisor, convocaron a varios de los que estábamos allí. Un avión zurcaba con sus alas las almas inquietas y enloquecidas de los hombres que esperaban en el aeropuerto. Esta ave de fierro, aparecía inavanzable por los despejados cielos de un pais ya lastimado por la espera. Atravesaba imperceptiblemente los cielos, era como una fotografía detenida en los aires. Lentamente se iba acercando a los corazones sin silencios de un país entero que aún no entendía, ni mucho menos creía el milagro que estaban presenciando. El avión empezaba a besar la pista con sus ruedas. Comenzó a danzar por el cemento, cada vez más lento, dibujando largas distancias. Detenido en la pista, de un costado se abrió una puerta y apareció un hombre vestido de blanco que descendió lentamente por las escaleras, con sus brazos extendidos, dibujando caricias, encandilando con su blancura los ojos imparpadeables de la gente. Lo veían como un ángel, como el mismo Dios. Bajó la escalera, se arrodilló abrazando con un beso el cemento chileno y con su mano dibujó una Cruz.
En el infinito cordón de la calle San Pablo, la masa de católicos parecían despertar tras la llegada de Juan Pablo II. Ya el calor no desanimaba a ningún hombre, niño y mujer. A esas alturas, la tarde comenzaba a regalar suaves brisas, y un sol rendido comenzaba a descender disminuyendo su furia. Todo alrededor se reanimaba, y despertaba. Ya aparecían los cantos, la bulla interminable, y los improvisados carteles. Ya todos nos preparábamos para cuando el vehículo con el Santo Padre zurcara la línea de la avenida. Recuerdo sentirme ansioso e inquieto, atrapado por mis propios nervios. Aún sin despegar mis ojos del televisor, seguía los trayectos del Santo Padre que viajaba en un vehículo especialmente diseñado para él. En él se veía claramente al Papa de pié en la parte trasera, insertado en una especie de vitrina, éste saludaba y daba infinitas bendiciones a los miles que encontraba en su lento trayecto por las calles.
Había llegado el momento tan esperado, el interminable cordón de la avenida San Pablo estaba repleto de gente, muchos más de los que había hace un par de horas atrás. Yo estaba al borde del mismo cordón aprisionado por la multitud de gente que ya a esas alturas se ubicaba y peleaba por estar lo más cerca del borde de la calle. Yo, bastante indiferente a la bulla y a la presión de la gente, sentía que no existía nada ni nadie más en aquel momento, mi mente estaba en otro lugar, aún no entendía ni creía lo que estaba a punto de vivir, no podía creer que al mismo Juan Pablo II lo vería pasar al frente de mío.
Eran cerca de las seis de la tarde de aquel Miércoles 1 de Abril de 1987. A esas alturas aparecían las pancartas, y la lluvia de papeles picados se divisaban a la distancia. Fué como si congelaran el tiempo, mis ojos se voltearon a mi derecha, y incrédulamente distinguía a la distancia los puntos de luces y los brillos de los vehículos de la comitiva del Santo Padre. Mis manos no tenían pancartas ni papel que lanzar, no tenía palabras, y mi corazón de niño no tenía tiempo. Sentía como la gente comenzaba a saltar, sentía los gritos de oraciones de personas en la locura misma de la emoción, la lluvia de papeles despegaba de las manos, y el canto de un himno nunca antes terminado afloró al unísono de las voces gastadas de la multitud. No supe como, pero en un momento sentí que despegaba de mis zapatos, y ya no hubo bulla, ya no hubo nadie más, sólo era él y el silencio del instante. Me sentí congelado en un lugar sin tiempo, sólo tuve conciencia para levantar mis ojos y detener al frente la imagen clara de aquel hombre vestido de blanco. Sentí un extraño escalofrío en mi cuerpo, era como si mi alma despegara y quedara fuera de mí. Era el rostro de aquel hombre que me dejó sin alma ni tiempo; aquella imagen divina aterrizó en mi corazón, y experimenté una paz y una felicidad infinita, algo que nunca he sentido en mi vida. Sentí por primera vez la presencia clara y casi palpable del mismo Dios. En ese momento algo helado recorrió mis mejillas, y mi interminable sonrisa fué el cauce de unas lágrimas, un tesoro que estaba surcando mi historia y desembocaba en mi propio corazón.












