invisible
Como todos los días, la anciana entra al local, se despoja de un abrigo desteñido y grueso, el cual deposita sobre su carrito lleno de cachureos, tesoros e historias. Espera silenciosamente escondida en un rincón, a que cualquiera de nosotros se retire del lugar. Ella acude al abandonado pupitre y retira el periódico que queda abandonado sobre la mesa. Vuelve a su habitual rincón, se sienta, y comienza a disfrutar de la lectura.
Se me ha hecho el hábito, por lo menos una vez a la semana, de ir a tomar desayuno a uno de estos locales “on the run” que se encuentran en las bombas de carga de combustible. Puedo autodefinirme como un “cliente frecuente” tal cómo me lo han hecho entender las personas que trabajan en el lugar. Es extraño, no lo había visto así, ya que me consideraba una persona lo suficientemente “invisible”, que iba, se tomaba un café, después abandonaba el lugar. Todo esto hasta que un día, la señorita que atiende en la caja me dijo “…usted puede llevarse la camiseta oficial de la selección por sólo $19.000, ya que esta oferta es sólo para clientes frecuentes”. Yo agradecí la preferencia, la oferta no era despreciable, pero el ensimismamiento que me provocó las palabras de la vendedora condicionaron la idea de comprarla.
Como siempre sucede, yo disfruto del café acompañado del periódico que siempre regalan en el lugar. Reviso mi correo, contesto algunos pendientes, termino mi café, dejo el periódico prolijamente doblado sobre la mesa, me retiro. Abandonando el lugar, extrañamente en un rincón, detrás de unos muebles aparatados de golosinas, me sobresalta la imagen de una anciana indigente leyendo el periódico. Su rostro añoso y lleno de arrugas delataban, sin duda, historias de momentos difíciles. A su lado, tenía estacionado un carrito de esos de feria colmado con todos sus tesoros y pertenencias.
En mi condición de “cliente frecuente” ya he podido determinar el modus operandi de esta anciana, quien llega al parecer todos los días al lugar, sagradamente a la misma hora, retira el períodico de alguna mesa abandonada, y procede a leerlo con la parsimonia propia de una anciana de aparentemente unos 80 años. Seguramente su edad es mucho menor de lo que aparentemente representa.
Por una extraña razón, las personas indigentes siempre me han llamado poderosamente la atención, muchas veces llegando a ser una obsesión. No en el sentido morboso o curioso, si no que, verdaderamente me logran provocar un sentimiento de compasión y angustia. Recuerdo que desde niño, caminando de la mano de mi madre, me volteaba a ver estas personas, que como dije antes, por una extraña razón llamaban fuertemente mi atención. A esto hay que sumar mi debilidad por las ancianas, que a diferencia del mendigo de barba prominente, o de la señora sentada en la cuneta con la guagua en brazos, o del psiquiátrico que baila en la calle… las ancianas provocan en mí un poderoso sentimiento de angustia.
Este sentimiento casi “hurtadiano” que siento hacia esta abuelita indigente, ha hecho que ella no pase desapercibida para mí. También ha hecho que, como buen tipo obsesivo que soy, analice el entorno y las conductas de las personas que están en el lugar y que participan de esta historia, donde para mí, esta anciana es la protagonista.
Conclusión: ella es invisible.
Pero no solamente porque ella ha querido esconderse de nosotros, no solamente porque ella ha optado por no llamar la atención, de no molestar y de no provocar una situación que condicione la garantía de poder estar allí leyendo el diario.
Ella es invisible, simplemente porque nadie la ve.
Esta condición hurtadiana que llevamos todos dentro, que en teoría, es lo que debería hacernos reflexionar más allá de nuestra propia realidad, que debería abrirnos al mundo que realmente existe y en el cual convivimos, con seres humanos distintos a nosotros mismos, con historias distintas, con personalidades distintas. Este sentimiento de “compasión” que todos llevamos dentro, que nace esencialmente del amor, que nos despierta y nos invita siempre a extender la mano, regalar una sonrisa, e inevitablemente involucrarnos con los que sufren.
Esta condición, o sentimiento provoca que este tipo de personas nos sean invisibles. En una sociedad acostumbrada a esconder lo que nos molesta bajo la alfombra, donde vivimos de apariencias, con conductas elitistas en un círculo donde elegimos quienes entran y comparten con nuestro hijos. En un mundo que está lleno de seres humanos “invisibles”, que por es sólo hecho de existir nos hace fruncir el ceño.
La anciana lee el periódico, su rostro es incapaz de exprezar sensaciones. En su sagrado rito, sin darse cuenta, convive con personas que no existen, que pasan por su lado y esconden sus miradas en su taza de café, y mientras esta anciana, repasa su lectura, se me viene la loca idea de acercarme a conversar con ella. Termino mi café, doblo prolijamente mi periódico, lo dejo sobre la mesa y me levanto. Camino y me acerco a ella, la miro y la saludo… le pregunto cómo se llama. Ella no levanta su mirada, repasa su lectura y no me contesta. Da vuelta la página.
Invisible.













Buen relato, no eres el unico que se sobrecoge con los ancianos vagabundos, me pasa algo similar aunque no se si es compasion lo que siento, pero la morbosa curiosidad que me provocan va mas por lado del imaginar las historias que los llevaron a ese estado,
La invisibilidad reciproca es como la manifestacion de una dimensión social paralela, en donde ya no basta con no reconocer a nuestros pares si no con la demostracion descarada del mas absoluto desprecio por lo que se nos presenta en frente como alternativa de vida.