La tarea de ser católicos
Yo soy católico, mi esposa es católica, y mi hijo también lo es (hasta el momento). Nace la siguiente pregunta: ¿qué significa ser católico?, ¿qué significa ser cristiano hoy en día?
Comienzo a escribir esas líneas en base a la preocupación y la rabia. A estas alturas de mi vida, me cuesta dejar pasar ciertos episodios, que bajo mi punto de vista, carecen de elementos básicos para definir a un “buen cristiano”.
La vida me ha enseñado a golpes, en base a vivencias y ayudado también por la lectura, que el ser católico implica una serie de hechos relacionados en sí mismos, como la opción, la vivencia, la fe, el rito, la experiencia y la práctica, por decir los que creo serían los más importantes. Estoy hablando del significado puramente humano y terrenal, dejando de lado todo lo sobrenatural, lo divino y al amor mismo. Hago la separación, porque a eso es precisamente a lo que quiero ir.
La otra vez el Padre Mario Romero, pegó un palo fuerte en la homilía de una misa en el Santuario de Schoensttat. Habló precisamente de esta separación de lo divino y lo humano, centrándose en el error que existe en dejar de lado la práctica de los esencial del Evangelio, y centrarnos únicamente en los ritos que nos imponemos como católicos, que por error, creemos nos asegura el pasaporte hacia el Reino de Dios. Estas palabras me interpretaron fuertemente. Yo ya tenía esa percepción desde hace un tiempo.
Hechos puntuales: La otra vez leí frases en Facebook de una persona “católica practicante”, que no vale la pena mencionar, que escribía “Quisiera saber cuantos de los que asisten a la marcha ‘la alegría de ser católico’ mañana domingo irán a la Santa Misa” ó “Me da risa aquellos que dicen que Violeta Parra se fue a los cielos, cuando por suicidarse se fue al infierno” y una serie de ninguneos a personajes públicos, que seguramente por pensar distinto a él, merecían todo tipo de descalificaciones. Me pregunté si aquel personaje tendría percepción del daño que hace con sus argumentos críticos, sesgados y llenos de virulencia. Un par de veces me trencé en discusiones con él, después opté por sacarlo de mi lista. Otra experiencia traumática en mi vida fue la de una amigo, con el que armé una empresa, él me estafó, dejándome económica y comercialmente muy dañado. Tuve que asumir todas las deudas de la empresa, y él no tuvo ningún problema en quebrar mi estabilidad y dejarme viviendo los peores momentos de mi vida. Él, también era un católico practicante.
El Padre Mario hablaba precisamente de este fenómeno. De la tendencia del católico practicante, que cree que cumpliendo con todos los ritos, como ir a misa todos los Domingos, comulgar, realizar el sacramento de la confesión periódicamente, etc. etc. cumple con la tarea, y por consiguiente es merecedor de estar sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso. Pero no basta con conocer el Evangelio al revés y al derecho, no basta con cumplir con todos los dogmas de la Iglesia.
Ahora, como católico, debo aclarar que los ritos dentro de la Iglesia son necesarios, y más que necesarios. Es el alimento para el alma, para mantener el vínculo y el camino para ir descubriendo lo trascendental que existe detrás de todo. Bueno, y ¿qué creo yo que es lo trascendental? Todo está escrito en el Evangelio, tiene relación con el Reino de Dios, centrado principalmente en el amor.
Uf! Que cuesta unir ambos mundos: lo humano y lo divino, lo terrenal y lo sobrenatural. Difícil tarea nos ha puesto Dios, y aunque todo está escrito en el nuevo testamento, parece que faltara un elemento para unir ambos extremos. No es simple, y esa es la tarea que nos ha dejado Jesús.
La respuesta… está en el amor al prójimo y a Dios mismo. Qué fácil es amar a nuestros seres queridos, ¿pero amar al prójimo? al que me ha hecho daño, al que se ha reído en mi cara, al que me ha humillado, a mi enemigo. Amar al prójimo es amar a Dios, como bien decía Alberto Hurtado. Amar al prójimo creo está unido en cómo nos relacionamos con los demás. Si soy capaz de convivir sin hacerle daño a la gente, si soy honesto y correcto. Si soy capaz de compadecerme ante la miseria, si soy capaz de oír lo que me habla Dios en las personas.
En alguna de aquellas conversaciones que tuve con el escritor bíblico-histórico Jesús Capo, me decía: “Yo apenas soy un aspirante a ser cristiano”, lo decía por lo difícil que era la misión que nos había dado Dios de amar a los demás. Yo pensé, si Jesús Capo, a quién yo considero un Santo, me dice esto, ¿qué me queda a mí?
En mi vida, he conocidos a muchas personas, que siendo agnósticas, son extraordinarios “cristianos”. Muchos, que sin compartir mi credo, los considero valiosísimos y que me han enseñado aspectos fundamentales en relación al amor. Es increíble que agnósticos, ateos y no practicantes, sin quererlo, me han mostrado a Dios en una perspectiva maravillosa, que me ha ayudado a descubrir aspectos de cómo se manifiesta Él en todos.
Está claro, Dios no pertenece únicamente a los que creen en Él. Y apara los que somos católicos, la tarea es igual de importante cómo para ellos. La misión es la misma, todos somos capaces de amar ¿cierto?
Los que somos católicos, debemos vivir nuestro catolicismo con alegría y con orgullo, a pesar que la crisis que vive la Iglesia hoy. Cumplamos con ir a misa todos los Domingos si podemos hacerlo. No dejemos de experimentar el regalo hermoso del cuerpo de Cristo en la comunión. Es importante y necesario que nos juntemos y oremos. No dejemos de experimentar la alegría de ser católicos. Seamos personas justas y correctas, de carácter firme, capaces de amar y de caminar en este difícil camino a la santidad.
¿Qué me queda a mí? Bueno, trato de ser una persona de bien, a pesar de mis innumerables faltas y pecados. Trato de inculcarle valores a mi hijo, valores de convivencia y en relación al amor. Como familia católica tratamos de ir a misa todos los domingos. Mi hijo tiene 6 años, es un niño, aún no sabe de pecados, es un santito, lo miro y es imposible no proyectarme en él. Vicente me mira y me dice que quiere comer aquello redondo y blanco que dan en la misa. Le respondo que tiene que esperar un tiempo. Él calla, piensa un instante, y me abraza.












