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	<title>David Cabrera Corrales</title>
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		<title>La política del terror</title>
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		<pubDate>Tue, 25 Oct 2011 21:25:11 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Enciendo el televisor, y las noticias muestran lo de siempre. Un grupo de encapuchados haciendo destrozos en la vía pública, un bus del Transantiago incendiado, saqueos a varios locales de la capital, la lucha campal entre carabineros y encapuchados, etc. etc.  Quiero saber como estuvo la marcha, ¿cuánta gente se reunió en Plaza Italia? ¿qué [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Enciendo el televisor, y las noticias muestran lo de siempre. Un grupo de encapuchados haciendo destrozos en la vía pública, un bus del Transantiago incendiado, saqueos a varios locales de la capital, la lucha campal entre carabineros y encapuchados, etc. etc.  Quiero saber como estuvo la marcha, ¿cuánta gente se reunió en Plaza Italia? ¿qué decían aquellos jóvenes que marchaban por la Alameda? Me entero por Twitter que fueron 100 mil personas sólo en Santiago, me entero por Twitter también que fueron niños, ancianos, padres; que habían familiar completas. Veo una foto, ¡que increible! la inmensa masa humana se pierde en el infinito cordón de la Alameda.</p>
<p>Espero en televisión que muestren algo. Lo mismo de siempre: la intendenta de Santiago, el vocero de gobierno y el ministro del interior indignados por el resultado de la movilización. Hablan de la responsabilidad de los estudiantes, de la incapacidad de manejo de los dirigentes, de los destrozos ocasionados. Escuchos adjetivos fuertes como “actor criminales”, “actos terroristas” entre otros. Quiero ver que están dando en otros noticieros ¿cadena nacional? …veo la misma intendenta, el vocero y el ministro hablando de lo mismo.</p>
<p>Esta es la generación “sin miedo”. Aquella que se atreve a salir a la calle a protestar por lo que estiman es injusto, y debo decir que existen muchas cosas por las que uno podría animarse a salir a la calle a manifestar el descontento.</p>
<p>Pero así como existe una generación que se atreve a salir a la calle a protestar, también existe muchos que no tienen miedo y pudor en mostrar su naturaleza momia y fascista.</p>
<p>Ya no estamos al frente de una sociedad temerosa. Aquella sociedad que años atrás se escondía de sus propios pensamientos, asustada por un gobierno dictatorial que los reprimía. Yo soy de esa generación. Por eso admiro a estos jóvenes, porque ellos no vivieron aquella época tenebrosa de nuestro país. Ellos son libres de miedos. Tienen conciencia real de lo que sucede, y se atreven.  Recuerdo cuando miraba con cierto grado de admiración lo que sucedía en Argentina, cuando hasta porque les subían el precio del pan, salían miles de personas a reclamar a la calle. Yo me preguntaba, ¿por qué en Chile no sucede lo mismo?</p>
<p>¿Existe algo más legítimo en materia de derechos, que el acto puntual de reclamar por lo que nos parece injusto? La verdad es natural, es la espinilla que revienta en alguna parte de nuestra sociedad porque ésta ya no puede más. ¿Es justo, cierto? Al respondernos esta pregunta, es natural preguntarse qué es lo injusto o incorrecto en el caso. ¿Los encapuchados?, ¿los delincuentes? Por cierto que lo son. Pero falta algo ¿no? Porque si sabemos que en una sociedad enrabiada y descontenta siempre existen puntos de desbordes… ¿qué se está haciendo mal?</p>
<p>Un gobierno que no tiene la capacidad y/o la voluntad de resolver un problema social, que trata de desviar la atención de la nación hacia otro punto, que se encarga de demonizar este tipo de manifestaciones que son absolutamente legítimas, que trata de infundir miedo a la sociedad para generar anticuerpos hacia las movilizaciones. Una sociedad que está lleno de momios y fascistas que manipulan los medios, y así hacernos ver lo que ellos quieren que veamos. Esto es lo que en todo el mundo se conoce como “La política del terror”.</p>
<p>Estamos en una sociedad políticamente dividida, de “comunistas” y “momios”. Donde gran parte de esta sociedad momia se encarga de promover esta política del terror, y no porque sean cómplices de un gobierno, si no porque creen ideológicamente en lo que el gobierno les transmite.</p>
<p>Así que no me vengan con la excusa de “encapuchados” y el “orden público”, porque los delincuentes y antisociales han existidos siempre, y seguirán existiendo. Sólo es cosa de recordar que siempre cuando la multitud sale a celebrar a Plaza Italia algún triunfo deportivo, siempre hay encapuchados que se aprovechan para hacer destrozos y saqueos.</p>
<p>Podría decir que soy un indignado, uno más de los millones que existen en este país. Ya no tengo miedo, me siento absolutamente libre, porque puedo salir con mi señora y mi hijo de seis años a tocar la cacerola en la calle. Me siento orgulloso de esta generación, de la generación de mi hijo, y de las que vendrán.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>La tarea de ser católicos</title>
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		<pubDate>Mon, 17 Oct 2011 18:06:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Yo soy católico, mi esposa es católica, y mi hijo también lo es (hasta el momento). Nace la siguiente pregunta: ¿qué significa ser católico?, ¿qué significa ser cristiano hoy en día? Comienzo a escribir esas líneas en base a la preocupación y la rabia. A estas alturas de mi vida, me cuesta dejar pasar ciertos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Yo soy católico, mi esposa es católica, y mi hijo también lo es (hasta el momento). Nace la siguiente pregunta: ¿qué significa ser católico?, ¿qué significa ser cristiano hoy en día?</p>
<p>Comienzo a escribir esas líneas en base a la preocupación y la rabia. A estas alturas de mi vida, me cuesta dejar pasar ciertos episodios, que bajo mi punto de vista, carecen de elementos básicos para definir a un “buen cristiano”.</p>
<p>La vida me ha enseñado a golpes, en base a vivencias y ayudado también por la lectura, que el ser católico implica una serie de hechos relacionados en sí mismos, como la opción, la vivencia, la fe, el rito, la experiencia y la práctica, por decir los que creo serían los más importantes. Estoy hablando del significado puramente humano y terrenal, dejando de lado todo lo sobrenatural, lo divino y al amor mismo. Hago la separación, porque a eso es precisamente a lo que quiero ir.</p>
<p>La otra vez el Padre Mario Romero, pegó un palo fuerte en la homilía de una misa en el Santuario de Schoensttat. Habló precisamente de esta separación de lo divino y lo humano, centrándose en el error que existe en dejar de lado la práctica de los esencial del Evangelio, y centrarnos únicamente en los ritos que nos imponemos como católicos, que por error, creemos nos asegura el pasaporte hacia el Reino de Dios. Estas palabras me interpretaron fuertemente. Yo ya tenía esa percepción desde hace un tiempo.</p>
<p>Hechos puntuales: La otra vez leí frases en Facebook de una persona “católica practicante”, que no vale la pena mencionar, que escribía “Quisiera saber cuantos de los que asisten a la marcha ‘la alegría de ser católico’ mañana domingo irán a la Santa Misa” ó “Me da risa aquellos que dicen que Violeta Parra se fue a los cielos, cuando por suicidarse se fue al infierno” y una serie de ninguneos a personajes públicos, que seguramente por pensar distinto a él, merecían todo tipo de descalificaciones.  Me pregunté si aquel personaje tendría percepción del daño que hace con sus argumentos críticos, sesgados y llenos de virulencia. Un par de veces me trencé en discusiones con él, después opté por sacarlo de mi lista.  Otra experiencia traumática en mi vida fue la de una amigo, con el que armé una empresa, él me estafó, dejándome económica y comercialmente muy dañado. Tuve que asumir todas las deudas de la empresa, y él no tuvo ningún problema en quebrar mi estabilidad y dejarme viviendo los peores momentos de mi vida. Él, también era un católico practicante.</p>
<p>El Padre Mario hablaba precisamente de este fenómeno. De la tendencia del católico practicante, que cree que cumpliendo con todos los <strong>ritos</strong>, como ir a misa todos los Domingos, comulgar, realizar el sacramento de la confesión periódicamente, etc. etc. cumple con la tarea, y por consiguiente es merecedor de estar sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso. Pero no basta con conocer el Evangelio al revés y al derecho, no basta con cumplir con todos los dogmas de la Iglesia.</p>
<p>Ahora, como católico, debo aclarar que los ritos dentro de la Iglesia son necesarios, y más que necesarios. Es el alimento para el alma, para mantener el vínculo y el camino para ir descubriendo lo trascendental que existe detrás de todo. Bueno, y ¿qué creo yo que es lo trascendental? Todo está escrito en el Evangelio, tiene relación con el Reino de Dios, centrado principalmente en el amor.</p>
<p>Uf!  Que cuesta unir ambos mundos: lo humano y lo divino, lo terrenal y lo sobrenatural. Difícil tarea nos ha puesto Dios, y aunque todo está escrito en el nuevo testamento, parece que faltara un elemento para unir ambos extremos. No es simple, y esa es la tarea que nos ha dejado Jesús.</p>
<p>La respuesta… está en el amor al prójimo y a Dios mismo. Qué fácil es amar a nuestros seres queridos, ¿pero amar al prójimo? al que me ha hecho daño, al que se ha reído en mi cara, al que me ha humillado, a mi enemigo. Amar al prójimo es amar a Dios, como bien decía Alberto Hurtado. Amar al prójimo creo está unido en cómo nos relacionamos con los demás. Si soy capaz de convivir sin hacerle daño a la gente, si soy honesto y correcto. Si soy capaz de compadecerme ante la miseria, si soy capaz de oír lo que me habla Dios en las personas.</p>
<p>En alguna de aquellas conversaciones que tuve con el escritor bíblico-histórico Jesús Capo, me decía: “Yo apenas soy un aspirante a ser cristiano”, lo decía por lo difícil que era la misión que nos había dado Dios de amar a los demás. Yo pensé, si Jesús Capo, a quién yo considero un Santo, me dice esto, ¿qué me queda a mí?</p>
<p>En mi vida, he conocidos a muchas personas, que siendo agnósticas, son extraordinarios &#8220;cristianos&#8221;. Muchos, que sin compartir mi credo, los considero valiosísimos y que me han enseñado aspectos fundamentales en relación al amor. Es increíble que agnósticos, ateos y no practicantes, sin quererlo, me han mostrado a Dios en una perspectiva maravillosa, que me ha ayudado a descubrir aspectos de cómo se manifiesta Él en todos.</p>
<p>Está claro, Dios no pertenece únicamente a los que creen en Él. Y apara los que somos católicos, la tarea es igual de importante cómo para ellos. La misión es la misma, todos somos capaces de amar ¿cierto?</p>
<p>Los que somos católicos, debemos vivir nuestro catolicismo con alegría y con orgullo, a pesar que la crisis que vive la Iglesia hoy. Cumplamos con ir a misa todos los Domingos si podemos hacerlo. No dejemos de experimentar el regalo hermoso del cuerpo de Cristo en la comunión. Es importante y necesario que nos juntemos y oremos. No dejemos de experimentar la alegría de ser católicos. Seamos personas justas y correctas, de carácter firme, capaces de amar y de caminar en este difícil camino a la santidad.</p>
<p>¿Qué me queda a mí? Bueno, trato de ser una persona de bien, a pesar de mis innumerables faltas y pecados. Trato de inculcarle valores a mi hijo, valores de convivencia y en relación al amor. Como familia católica tratamos de ir a misa todos los domingos. Mi hijo tiene 6 años, es un niño, aún no sabe de pecados, es un santito, lo miro y es imposible no proyectarme en él. Vicente me mira  y me dice que quiere comer aquello redondo y blanco que dan en la misa. Le respondo que tiene que esperar un tiempo. Él calla, piensa un instante, y me abraza.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>invisible</title>
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		<pubDate>Thu, 10 Jun 2010 21:03:15 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Como todos los días, la anciana entra al local, se despoja de un abrigo desteñido y grueso, el cual deposita sobre su carrito lleno de cachureos, tesoros e historias. Espera  silenciosamente escondida en un rincón, a que cualquiera de nosotros se retire del lugar. Ella acude al abandonado pupitre y retira el periódico que queda [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Como todos los días, la anciana entra al local, se despoja de un abrigo desteñido y grueso, el cual deposita sobre su carrito lleno de cachureos, tesoros e historias. Espera  silenciosamente escondida en un rincón, a que cualquiera de nosotros se retire del lugar. Ella acude al abandonado pupitre y retira el periódico que queda abandonado sobre la mesa. Vuelve a su habitual rincón, se sienta, y comienza a disfrutar de la lectura.</p>
<p>Se me ha hecho el hábito, por lo menos una vez a la semana, de ir a tomar desayuno a uno de estos locales “on the run” que se encuentran en las bombas de carga de combustible. Puedo autodefinirme como un “cliente frecuente” tal cómo me lo han hecho entender las personas que trabajan en el lugar. Es extraño, no lo había visto así, ya que me consideraba una persona lo suficientemente “invisible”, que iba, se tomaba un café, después abandonaba el lugar. Todo esto hasta que un día, la señorita que atiende en la caja me dijo “…usted puede llevarse la camiseta oficial de la selección por sólo $19.000, ya que esta oferta es sólo para clientes frecuentes”. Yo agradecí la preferencia, la oferta no era despreciable, pero el ensimismamiento que me provocó las palabras de la vendedora condicionaron la idea de comprarla.</p>
<p>Como siempre sucede, yo disfruto del café acompañado del periódico que siempre regalan en el lugar. Reviso mi correo, contesto algunos pendientes, termino mi café, dejo el periódico prolijamente doblado sobre la mesa, me retiro. Abandonando el lugar, extrañamente en un rincón, detrás de unos muebles aparatados de golosinas, me sobresalta la imagen de una anciana indigente leyendo el periódico. Su rostro añoso y lleno de arrugas delataban, sin duda, historias de momentos difíciles. A su lado, tenía estacionado un carrito de esos de feria colmado con todos sus tesoros y pertenencias.</p>
<p>En mi condición de “cliente frecuente” ya he podido determinar el modus operandi de esta anciana, quien llega al parecer todos los días al lugar, sagradamente a la misma hora, retira el períodico de alguna mesa abandonada, y procede a leerlo con la parsimonia propia de una anciana de aparentemente unos 80 años. Seguramente su edad es mucho menor de lo que aparentemente representa.</p>
<p>Por una extraña razón, las personas indigentes siempre me han llamado poderosamente la atención, muchas veces llegando a ser una obsesión. No en el sentido morboso o curioso, si no que, verdaderamente me logran provocar un sentimiento  de compasión y angustia. Recuerdo que desde niño, caminando de la mano de mi madre, me volteaba a ver estas personas, que como dije antes, por una extraña razón llamaban fuertemente mi atención. A esto hay que sumar mi debilidad por las ancianas, que a diferencia del mendigo de barba prominente, o de la señora sentada en la cuneta con la guagua en brazos, o del psiquiátrico que baila en la calle… las ancianas provocan en mí un poderoso sentimiento de angustia.</p>
<p>Este sentimiento casi “hurtadiano” que siento hacia esta abuelita indigente, ha hecho que ella no pase desapercibida para mí. También ha hecho que, como buen tipo obsesivo que soy, analice el entorno y las conductas de las personas que están en el lugar y que participan de esta historia, donde para mí, esta anciana es la protagonista.</p>
<p>Conclusión: ella es invisible.</p>
<p>Pero no solamente porque ella ha querido esconderse de nosotros, no solamente porque ella ha optado por no llamar la atención, de no molestar y de no provocar una situación que condicione la garantía de poder estar allí leyendo el diario.</p>
<p>Ella es invisible, simplemente porque nadie la ve.</p>
<p>Esta condición hurtadiana que llevamos todos dentro, que en teoría, es lo que debería hacernos reflexionar más allá de nuestra propia realidad, que debería abrirnos al mundo que realmente existe y en el cual convivimos, con seres humanos distintos a nosotros mismos, con historias distintas, con personalidades distintas. Este sentimiento de “compasión” que todos llevamos dentro, que nace esencialmente del amor, que nos despierta y nos invita siempre a extender la mano, regalar una sonrisa, e inevitablemente involucrarnos con los que sufren.</p>
<p>Esta condición, o sentimiento provoca que este tipo de personas nos sean invisibles. En una sociedad acostumbrada a esconder lo que nos molesta bajo la alfombra, donde vivimos de apariencias, con conductas elitistas en un círculo donde elegimos quienes entran y comparten con nuestro hijos. En un mundo que está lleno de seres humanos “invisibles”, que por es sólo hecho de existir nos hace fruncir el ceño.</p>
<p>La anciana lee el periódico, su rostro es incapaz de exprezar sensaciones. En su sagrado rito, sin darse cuenta, convive con personas que no existen, que pasan por su lado y esconden sus miradas en su taza de café, y mientras esta anciana, repasa su lectura, se me viene la loca idea de acercarme a conversar con ella. Termino mi café, doblo prolijamente mi periódico, lo dejo sobre la mesa y me levanto. Camino y me acerco a ella, la miro y la saludo&#8230; le pregunto cómo se llama. Ella no levanta su mirada, repasa su lectura y no me contesta. Da vuelta la página.</p>
<p>Invisible.</p>
<p><span style="font-family: mceinline;"> </span></p>
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		<title>1 de abril de 1987</title>
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		<pubDate>Mon, 10 May 2010 20:57:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El reloj marcaba las cinco de la tarde del día Miércoles 1 de Abril de 1987, cuando el avión se posó en la pista del aeropuerto Pudahuel. Las calles estaban vestidas de colores y anhelos. El trayecto por donde pasaría el Papa Juan Pablo II estaba acordonado y resguardado por carabineros, y desde la mañana [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El reloj marcaba las cinco de la tarde del día Miércoles 1 de Abril de 1987, cuando el avión se posó en la pista del aeropuerto Pudahuel. Las calles estaban vestidas de colores y anhelos. El trayecto por donde pasaría el Papa Juan Pablo II estaba acordonado y resguardado por carabineros, y desde la mañana la gente guardaba su sitio en los cordones del infinito trayecto para ver pasar al Santo Padre. Recuerdo todos los detalles: el día anterior había alojado en la casa de mi tio, el cual vivía cerca de donde pasaría el Papa. Había organizado todo con mi familia para aquel día. Recuerdo nos instalamos temprano en el cordón de la Avenida San Pablo para obtener una buena ubicación. A las 10 de la mañana ya estábamos instalados al borde del cordón, con un televisor conectado a una batería de auto, con termos con agua caliente, una provisión bastante contundente de sandwich, jugos y bebidas. La mayoría de la gente escuchaba por radio las noticias, el pequeño televisor conectado a la batería mostraba, por ejemplo, imágenes de antiguas visitas del Papa a otros países, entrevistas a políticos, obispos y sacerdotes que daban su apreciación con respecto a lo que sería la visita del Santo Padre.<br />
El tránsito estaba cortado, y rara vez se veía pasar un vehículo. De vez en cuando pasaba alguna ambulancia, un carro de bomba o un radiopatrulla. La expectación aumentaba a medida que avanzaban las horas, y pasado el medio día, comenzaron a aparecer los primeros comestibles, los cuales indicaban que la hora de almuerzo ya había comenzado. Algunas personas llevaban cajas de cartón, las cuales eran armadas para ser usadas como mesas. Los más osados servían contundentes platos con porotos o lentejas, otros comían el siempre bien recibido pollo con arroz; pero lo más común era ver como aparecían los sandwich con churrascos, los sencillos de jamón con queso, o el típico e infaltable huevo duro. El calor empezaba a desgastar las mentes de todos los que estábamos aglomerados en la interminable calle acordonada. El clamor de versos interminables de vendedores ambulantes resonaba como el más incesante llanto de un bebé. Los helados, golosinas y bebidas eran productos muy requeridos. Las mismas cajas de cartón que habían sido utilizadas como mesas en el almuerzo, ahora habían quedado reducidos a pequeños trozos, los cuales eran utilizados como abanico, y para protegerse del sol.<br />
Eran las cuatro de la tarde, en un momento, las imágenes del improvisado televisor, convocaron a varios de los que estábamos allí. Un avión zurcaba con sus alas las almas inquietas y enloquecidas de los hombres que esperaban en el aeropuerto. Esta ave de fierro, aparecía inavanzable por los despejados cielos de un pais ya lastimado por la espera. Atravesaba imperceptiblemente los cielos, era como una fotografía detenida en los aires. Lentamente se iba acercando a los corazones sin silencios de un país entero que aún no entendía, ni mucho menos creía el milagro que estaban presenciando. El avión empezaba a besar la pista con sus ruedas. Comenzó a danzar por el cemento, cada vez más lento, dibujando largas distancias. Detenido en la pista, de un costado se abrió una puerta y apareció un hombre vestido de blanco que descendió lentamente por las escaleras, con sus brazos extendidos, dibujando caricias, encandilando con su blancura los ojos imparpadeables de la gente. Lo veían como un ángel, como el mismo Dios. Bajó la escalera, se arrodilló abrazando con un beso el cemento chileno y con su mano dibujó una Cruz.<br />
En el infinito cordón de la calle San Pablo, la masa de católicos parecían despertar tras la llegada de Juan Pablo II. Ya el calor no desanimaba a ningún hombre, niño y mujer. A esas alturas, la tarde comenzaba a regalar suaves brisas, y un sol rendido comenzaba a descender disminuyendo su furia. Todo alrededor se reanimaba, y despertaba. Ya aparecían los cantos, la bulla interminable, y los improvisados carteles. Ya todos nos preparábamos para cuando el vehículo con el Santo Padre zurcara la línea de la avenida. Recuerdo sentirme ansioso e inquieto, atrapado por mis propios nervios. Aún sin despegar mis ojos del televisor, seguía los trayectos del Santo Padre que viajaba en un vehículo especialmente diseñado para él. En él se veía claramente al Papa de pié en la parte trasera, insertado en una especie de vitrina, éste saludaba y daba infinitas bendiciones a los miles que encontraba en su lento trayecto por las calles.<br />
Había llegado el momento tan esperado, el interminable cordón de la avenida San Pablo estaba repleto de gente, muchos más de los que había hace un par de horas atrás. Yo estaba al borde del mismo cordón aprisionado por la multitud de gente que ya a esas alturas se ubicaba y peleaba por estar lo más cerca del borde de la calle. Yo, bastante indiferente a la bulla y a la presión de la gente, sentía que no existía nada ni nadie más en aquel momento, mi mente estaba en otro lugar, aún no entendía ni creía lo que estaba a punto de vivir, no podía creer que al mismo Juan Pablo II lo vería pasar al frente de mío.<br />
Eran cerca de las seis de la tarde de aquel Miércoles 1 de Abril de 1987. A esas alturas aparecían las pancartas, y la lluvia de papeles picados se divisaban a la distancia. Fué como si congelaran el tiempo, mis ojos se voltearon a mi derecha, y incrédulamente distinguía a la distancia los puntos de luces y los brillos de los vehículos de la comitiva del Santo Padre. Mis manos no tenían pancartas ni papel que lanzar, no tenía palabras, y mi corazón de niño no tenía tiempo. Sentía como la gente comenzaba a saltar, sentía los gritos de oraciones de personas en la locura misma de la emoción, la lluvia de papeles despegaba de las manos, y el canto de un himno nunca antes terminado afloró al unísono de las voces gastadas de la multitud. No supe como, pero en un momento sentí que despegaba de mis zapatos, y ya no hubo bulla, ya no hubo nadie más, sólo era él y el silencio del instante. Me sentí congelado en un lugar sin tiempo, sólo tuve conciencia para levantar mis ojos y detener al frente la imagen clara de aquel hombre vestido de blanco. Sentí un extraño escalofrío en mi cuerpo, era como si mi alma despegara y quedara fuera de mí. Era el rostro de aquel hombre que me dejó sin alma ni tiempo; aquella imagen divina aterrizó en mi corazón, y experimenté una paz y una felicidad infinita, algo que nunca he sentido en mi vida. Sentí por primera vez la presencia clara y casi palpable del mismo Dios. En ese momento algo helado recorrió mis mejillas, y mi interminable sonrisa fué el cauce de unas lágrimas, un tesoro que estaba surcando mi historia y desembocaba en mi propio corazón.</p>
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		<title>Por donde sangra la herida</title>
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		<pubDate>Thu, 24 Sep 2009 21:28:13 +0000</pubDate>
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<p class="MsoNormal">Sebastián Piñera llora y sangra por la herida, su rostro desfigurado por el dolor, los gemidos autocompasivos que brotan de su boca, delatan la insufrible agonía que experimenta tras los minutos vividos ayer en el coliseo/estudio transmitido por TVN.</p>
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<p class="MsoNormal">El análisis va mucho más allá de lo que se vio ayer. Una cosa es lo que vimos, pero otra es lo que en realidad ocurrió. Bueno, es allí donde quiero dirigirme.</p>
<p class="MsoNormal"><!--[if !supportEmptyParas]--> <!--[endif]--></p>
<p class="MsoNormal">Primero quiero partir diciendo que el gran ganador del debate del día de ayer, fue Eduardo Frei.<span> </span>El candidato de la concertación, a diferencia de los otros tres candidatos, no centró su debate en demostrar quién es; no fue su intención hacer un ofertón de su candidatura; tampoco se centró en detalles y cifras de sus propuestas de gobierno; ni siquiera le interesó mostrarse como un estratega ni un gran orador.</p>
<p class="MsoNormal"><!--[if !supportEmptyParas]--> <!--[endif]--></p>
<p class="MsoNormal">Eduardo Frei es como aquel futbolista que carece de todos los dotes técnicos.<span> </span>Podríamos decir que Frei que es un jugador desordenado, que no corre, no hace goles, no marca, no “joga bonito”, etc. Este tipo de jugador, carente de cachañas y bicicletas, no aspira a ser extraordinario, su tarea está escrita y su misión raya en lo extrafutbolístico.<span> </span>Su estrategia es entrar a la cancha con el despiado del verdugo, y sin aviso, barrer con pierna fuerte a su contrincante, con la fría finalidad de quebrarlo e inhabilitarlo de cualquier posibilidad se seguir jugando.</p>
<p class="MsoNormal"><!--[if !supportEmptyParas]--> <!--[endif]--></p>
<p class="MsoNormal">Frei golpeó primero, Piñera ya venía algo resentido, pero al ser acusado de uso de información privilegiada, terminó por revolcarlo interminablemente en su dolor y rabia. Y cuando trató de desquitarse, ya era muy tarde y la escena demasiado triste como para otorgar credibilidad a su argumento.</p>
<p class="MsoNormal"><!--[if !supportEmptyParas]--> <!--[endif]--></p>
<p class="MsoNormal">Los gemidos de Sebastián Piñera se escucharon en todo el estudio, trascendió y llegó a cada uno de los oídos de los telespectadores. Piñera sangró y lloró por la herida, perdió mucha sangre, pero no muere, pues está lejos de pretender darle aquel gusto a varios.</p>
<p class="MsoNormal"><!--[if !supportEmptyParas]--> <!--[endif]--></p>
<p class="MsoNormal">La estrategia de Frei y su equipo no se centró en él mismo. Nunca hubo intención de demostrar nada, tampoco hubo un ápice de anhelo narcisista en su discurso. Eso no le importaba, no pretendía ninguna estrategia en cuanto a sus propios méritos. Sólo se centró en buscar el momento exacto donde dar su estocada y dejar por el suelo a su mayor oponente.</p>
<p class="MsoNormal"><!--[if !supportEmptyParas]--> <!--[endif]--></p>
<p class="MsoNormal">Quise centrarme en estos dos candidatos, los más importantes según las encuestas, sin la intención de desmerecer a Marco Enríquez-Ominami ni a Jorge Arrate, que lejos fueron los que ganaron más puntos dentro del contexto de “debate”, pero, al igual que en el ajedrez, pareciera que las estrategias pueden ser usadas, y mal usadas,<span> </span>dentro de cualquier episodio político.</p>
<p class="MsoNormal"><!--[if !supportEmptyParas]--> <!--[endif]--></p>
<p class="MsoNormal">Ya lo dije, Piñera sangra pero no muere. No hay que olvidarse que de su herida sangra y se alimenta.</p>
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		<title>Ángel para un final</title>
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		<pubDate>Fri, 31 Jul 2009 21:51:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Primero quiero aclarar que soy escéptico. Soy un “Santo Tomás” que siempre espera ver para creer. No creo en el dinero fácil, ni en los milagros, tampoco en las coincidencias. Aclarado este punto, procedo a contar esta historia: Isaura se llamaba mi abuela paterna, ella nació, se crió y murió en el campo, de ese [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Primero quiero aclarar que soy escéptico. Soy un “Santo Tomás” que siempre espera ver para creer. No creo en el dinero fácil, ni en los milagros, tampoco en las coincidencias. Aclarado este punto, procedo a contar esta historia:</p>
<p>Isaura se llamaba mi abuela paterna, ella nació, se crió y murió en el campo, de ese campo que ya no existe, donde no existía luz eléctrica ni agua por cañería. Del campo más auténtico y añejo que se recuerde, donde todo se sembraba, se cosechaba y se preparaba. Donde no habían máquinas, sólo el brutal pulso de caballos, burros y mulas. De ese campo que tanto extraño ahora y del que tantas historias hermosas guardo.</p>
<p>Mi abuela Isaura, tosca y ruda, pero con un cariño que traspasaba cualquier gesto. Ella siempre esperaba, me miraba y yo me rendía. Hablaba y todo lo que decía era tan sabio y esencial. Tanto silencio en sus palabras, si ni siquiera recuerdo su voz, pero recuerdo lo más importante, todo lo maravilloso, lo increíble… yo le creía todo, y nunca dudé. Yo, el escéptico, me entregué a la verdad única que traspasa el lenguaje y la palabra.</p>
<p>Esta abuela tan maravillosa murió. Partió un día en invierno. No lloré, no sé porqué, pero no lloré. Partimos en la noche al campo, y vi a mi padre llorar sobre su ataúd. Vi una cantidad incontable de gente, nadie estaba triste, todos hablaban de ella, recordaban anécdotas y contaban maravillosas historias. Era raro, porque era como si nunca se hubiera marchado, no la veia, pero era como si ella estuviera por allí, atendiendo a las personas, invisible ante tanta cantidad de gente. Nunca la vi muerta, no me acerqué a su ataúd, nunca me gustaron las personas en cajones, además no quería guardar esa imagen en mi memoria.</p>
<p>Pasaron varios meses antes que volviera a Pucalán. Fue en el verano, donde fui a pasar mis vacaciones a la casa de mi tía Olga, la hija de mi difunta abuela, en el mismo lugar, el mismo campo, los mismos olores y recuerdos.<br />
Recuerdo que alojé en la habitación del fondo, una pieza grande donde habían dos camas con colchones de lana y respaldo de bronce. Había un añoso ropero y un ventanal a los pies de la cama con vista al cerro. Se hizo de noche y partí a mi pieza acompañado de la tímida luz de una vela en un candelabro. Me acosté, apagué la vela y me dormí.</p>
<p>Recuerdo todo con absoluta claridad. Desperté a las cuatro de la mañana de un sobresalto, algo raro había, no sabía que era. Había alguien dentro de la habitación, no podía ver y tampoco tenía fósforos para encender la vela. Lo recuerdo todo: el crujido del piso de madera acompañado del taconeo de los pasos; el rechinar del somier de la cama que estaba al lado; la silueta a contraluz de una persona en mi ventana, el sonido oxidado y agudo de la puerta del ropero; el sonido seco de la maleta siendo arrastrada por la habitación. Muchas veces se sentó en la cama de al lado y me observaba, como siempre lo hacía cuando estaba con ella. No habló, no me tocó, sólo me miraba, se paraba y recorría la habitación, abría el ropero, me movía las cosas, se paseaba al frente de mi ventana y pude ver su silueta dibujada a contraluz de una ventana con la luna llena de fondo. Yo, estaba aterrado, no entendía nada, pero en mi escepticismo sabía que había alguien dentro de la pieza. Comencé a llamarla por cada uno de los nombres de mis primas, pero no contestaba. Con la bulla, se levantó mi tía, encendió su candelabro y se dirigió a mi habitación. Entró por la única puerta que había, y al iluminarse la pieza, comprobé con espanto que no había nadie dentro.<br />
Mi tía me preguntó que me pasaba, yo no dije palabra. Estaba mudo.  Mi tía partió a su pieza, y de nuevo comenzó la función.</p>
<p>Yo estuve un mes completo de vacaciones en el campo de mi abuela, y en todas y cada una de las noches que alojé en esa pieza, sucedió lo mismo. Al comienzo, yo me aterraba, después me acostumbré.</p>
<p>Después volví a Santiago, cargando un montón de recuerdos e historias. A pocas personas les conté este episodio, ya que no quería ser internado en una clínica siquiátrica.</p>
<p>De esto han pasado 21 años, y aún recuerdo todo. Pero más que el episodio mismo, recuerdo a mi abuela Isaura, su mirada, su pelo blanco como la nieve… uf! Son tantas cosas. Por ejemplo recuerdo estar conversando con ella alrededor de un brasero, los dos con una varilla fundiendo el queso en el fuego, untándolo en pan amasado y comiéndolo. Ella, con sus manos gastadas y sin tacto, tomaba las brazas y las acomodaba dentro del pequeño artefacto.</p>
<p>De repente hay imágenes que valen por la vida misma, y ella representaba todo aquello, lo simple y lo maravilloso; lo mágico y lo entrañable.</p>
<p>Es tan bello y simple el mensaje, ya que nuestros seres queridos mueren cuando nosotros los enterramos, cuando los lloramos en su lápida. Ellos mueren cuando los sacamos de nuestras vidas, cuando somos tan escépticos y creemos en la muerte tan definitiva y cruel. ¿Es que puede no haber algo tan absoluto como la muerte? Bueno, yo creo que depende, porque en el caso de mi abuela Isaura, nunca sentí que se fue, sólo en el discurso, pero nunca la vi partir, nunca se despidió, sólo me dijo que estaríamos juntos el próximo verano, y así fue… Puedo decir que la extraño, que la recuerdo y que la admiro, pero en la divinidad del ser humano, con sus miserias y dones, creo que existe un sentido para la vida, y no para la muerte.</p>
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		<title>Los sospechosos de siempre</title>
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		<pubDate>Fri, 10 Jul 2009 01:23:55 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Nunca me imaginé que iba a referirme a algo tan poco relevante, como el caso de la famosa foto de nuestros queridos periodistas con Mr. president Obama. Sólo decir que es tan poco justificable algo de tan poca relevancia, o sea, he visto desfilar a estos periodistas justificándose, como si fuera el 8º pecado capital. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><!--[if gte mso 9]><xml> <o:DocumentProperties> <o:Template>Normal</o:Template> <o:Revision>0</o:Revision> <o:TotalTime>0</o:TotalTime> <o:Pages>1</o:Pages> <o:Words>192</o:Words> <o:Characters>1095</o:Characters> <o:Company>Cabrera&amp;Sandoval</o:Company> <o:Lines>9</o:Lines> <o:Paragraphs>2</o:Paragraphs> <o:CharactersWithSpaces>1344</o:CharactersWithSpaces> <o:Version>11.0</o:Version> </o:DocumentProperties> <o:OfficeDocumentSettings> <o:AllowPNG /> </o:OfficeDocumentSettings> </xml><![endif]--><!--[if gte mso 9]><xml> <w:WordDocument> <w:Zoom>0</w:Zoom> <w:DoNotShowRevisions /> <w:DoNotPrintRevisions /> <w:DisplayHorizontalDrawingGridEvery>0</w:DisplayHorizontalDrawingGridEvery> <w:DisplayVerticalDrawingGridEvery>0</w:DisplayVerticalDrawingGridEvery> <w:UseMarginsForDrawingGridOrigin /> </w:WordDocument> </xml><![endif]--><!--StartFragment--></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align: left;">Nunca me imaginé que iba a referirme a algo tan poco relevante, como el caso de la famosa foto de nuestros queridos periodistas con Mr. president<span> </span>Obama.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align: left;">Sólo decir que es tan poco justificable algo de tan poca relevancia, o sea, he visto desfilar a estos periodistas justificándose, como si fuera el 8º pecado capital. Dando explicaciones, estableciendo debates, rasgando vestiduras, gastando valiosísimos minutos en horario prime, cada uno sacándole el poto a la jeringa, echándole la culpa al de al lado, etcétera, etcétera…</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align: left;">El punto es, ¿qué hubiera sido lo correcto? Y no me refiero al hecho mismo de la foto, eso, repito, no tiene relevancia. Si no que me refiero al discurso post-foto, que bajo mi humilde punto de vista, es mucho más vergonzoso que la misma foto.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align: left;">Reitero la pregunta: ¿qué hubiera sido lo correcto? Simplemente callar, si, callar.<span> </span>Algo que parece tan fácil, pero que en realidad, para algunos, es un parto.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align: left;">O mejor decir “si, la cagué” o “jajajajaja” pocas palabras, lo que se conoce como “bajarle el perfil”. Pero no fue así.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align: left;">El dicho dice: “más vale ponerse rojo una vez, que colorado cien veces”.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align: left;">He escuchado los extensos argumentos de cada uno de los “implicados” en la foto, y la verdad, después sólo me pregunto: ¿En qué parte de su casa, quedará instalado el cuadro, de la foto con Obama?</p>
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		<title>La obscena búsqueda de rating</title>
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		<pubDate>Tue, 23 Jun 2009 19:56:26 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Leí la carta escrita por Klaus Schmidt-Hebbel a El Mercurio, donde habla de la victimización que hizo Canal 13 a María del Pilar Pérez en el programa &#8220;Nadie está libre&#8221;. La protagonista está detenida hace siete meses e imputada del asesinato de Diego Schmidt-Hebbel, de otros dos asesinatos materializados y de otros siete intentos de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Leí la carta escrita por Klaus Schmidt-Hebbel a El Mercurio, donde habla de la victimización que hizo Canal 13 a María del Pilar Pérez en el programa &#8220;Nadie está libre&#8221;. La protagonista está detenida hace siete meses e imputada del asesinato de Diego Schmidt-Hebbel, de otros dos asesinatos materializados y de otros siete intentos de asesinato que ella no logró materializar.</p>
<p>Este tipo de programas es una tendencia que han establecido los distintos canales de televisión, en su obscena búsqueda de rating y avisadores. Hemos visto desfilar en nuestras pantallas una serie de personajes, todos cumpliendo condena en la cárcel, uno que se arrancó a Tel Avid después de estafar a una serie de personas e instituciones, y hasta vi con asombro un coro de presos que logró conmover a la audiencia proyectando una imagen casi canonizable.</p>
<p>Me pregunto ¿qué pensarían sus víctimas al ver estos programas?¿Que pensará la madre cuando ve al asesino de su hijo cantando el televisión?¿Que sentirá la niña violada?¿Que sentirá aquel que le entraron a robar en su casa, lo golpearon y encañonaron?</p>
<p>El concepto del error es agredido fuertemente en estos programas, se le da una connotación completamente distinta en los discursos de estos delincuentes en televisión. ¿O acaso se puede establecer como “error” un delito? Sobretodo cuando sabemos que estos delitos son planificados y estudiados. Era necesario hacer la observación, porque aquí no estamos en la isla de Lost, donde nunca se saben quienes son los buenos y los malos.</p>
<p>Aquí hay que volver a la base y al sentido de todo lo que nos mueve: el amor. El amor que movió al padre de Diego a enviar esta carta a El Mercurio. El amor que duele tanto a veces y que en casos nos es destrozado dolorosamente.</p>
<p>Parece claro (obvio), pero cuando vi la entrevista a María del Pilar Pérez, me espanté por la falta de criterio del programa, me sorprendió como esta mujer manejó la entrevista, las situaciones y a las personas. Quiero pensar que fue falta de criterio del canal, ahora, si no lo fue&#8230; que Dios nos salve.</p>
<p><a href="http://blogs.elmercurio.com/columnasycartas/2009/06/20/victima.asp">Carta enviada  por  Klaus Schmidt-Hebbel a El Mercurio </a></p>
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		<title>El gran árbol</title>
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		<pubDate>Sat, 23 May 2009 20:10:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Una de las imágenes más hermosas y que más recuerdo de mi niñez, es la de estar en la cima de un gran árbol. Yo vivía en Quinta Normal, en una enorme casa, de esas que nunca terminas de recorrer. Teníamos un largo patio con un infinito y añoso parrón que nos brindaba de los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Una de las imágenes más hermosas y que más recuerdo de mi niñez, es la de estar en la cima de un gran árbol. Yo vivía en Quinta Normal, en una enorme casa, de esas que nunca terminas de recorrer. Teníamos un largo patio con un infinito y añoso parrón que nos brindaba de los más diversos tipos de uvas. Este lugar podría ser el sueño de cualquier niño de mi edad. Tenía innumerables espacios, cada uno con historia propia, lugares secretos que me ofrecieron aventuras al mejor estilo Backyardigans. Recuerdo incontables árboles frutales, un huerto del que mi padre se encargaba prolijamente de cuidar. Teníamos un gallinero, en donde llegamos a criar más de cien gallinas, a las cuales les poníamos nombres y llorábamos cuando nos las servían en un plato de cazuela.</p>
<p>Este paraíso, digno de una novela de Tolkien, tenía un protagonista. Al final del inmenzo patio había un gran árbol. Este era una vieja higuera de un gran y deformado tronco, de donde desembocaban largos brazos y ramas, que para mi percepción de niño, tocaban las nubes, y de noche alcanzaba las estrellas. Ahora, siendo objetivo, puedo decir que efectivamente aquel árbol tocaba las estrellas y las nubes.</p>
<p>En algún momento de esos siete u ocho años que vivimos en esa casa, este gran árbol me permitió llegar a la cima de su brazo más alto. Fueron varios intentos. Tuve que vencer el miedo, conocer bien a este gigante, recorrerlo, hablarle, hacerme amigo, domesticarlo, respetarlo y amarlo.</p>
<p>Como dije al comienzo, esta es la imagen más hermosa: Estar en la cima de este gran árbol, donde podía gozar de una extraordinaria y privilegiada vista. Recuerdo las sensaciones: el silbido del viento jugando con mi cabello, los ronquidos de los añosos troncos y ramas que danzaban al ritmo del viento, el olor ya olvidado de sus hojas. Tengo una imagen latente de este árbol llorando. Todo sucedió un día, cuando en la mitad de la escalada clavé una estaca de fierro en su brazo. El árbol lloró, y yo me entristecí.</p>
<p>Al día siguiente, después de una noche desvelada, fui donde mi amigo a quitarle esta dolorosa “espina”. La respuesta fue categórica e inapelable. La estaca se había aferrado al tronco tan ferozmente, que de ninguna manera pude sacarla.</p>
<p>Esta estaca era la que faltaba en el trayecto para poder pasar a la otra mitad del árbol, y así llegar a la cima.</p>
<p>Entonces entendí que el gran árbol quería otorgarme el privilegio de llegar hasta su cima.  La tristeza se la llevó el viento.</p>
<p>Este árbol era mi refugio, mi lugar predilecto. Allí, en la cima, podía pasar horas contemplando la humanidad (y contemplándome a mi mismo). Siempre este sagrado rito era interrumpido por un “Davicitooo, está servido el almuerzo” o “Davicitooo, es hora de acostarse”. Generalmente, cuando me llamaban a almorzar, obedecía más rápidamente.</p>
<p>La vista era increíble, esto acompañado de las sensaciones que relaté anteriormente, eran un verdadero elixir para el alma. En la cima veía a la humanidad en su esencia. Ya reconocía sus rutinas, y hasta adivinaba sus acciones. Podía leer sus mentes, oler sus sentimientos, y hasta ya no me asombraba de la falta de pudor de algunos vecinos.</p>
<p>Esta cima me otorgaba emergías y poderes asombrosos.  Sin duda era un niño privilegiado.</p>
<p>Este es un maravilloso recuerdo de mi niñez, un hermoso regalo en mi historia de niño, que aún me sigue acompañando. Aunque esta casa aún existe, no sé si aún existirá este árbol. Seguramente espera a ser comprada por alguna inmobiliaria para ser reemplazada por algunos de estos monstruos de cemento. Muchas veces paso por fuera, y me comen las ganas por tocar el timbre de ese gran portón, la idea es poder ver a este árbol. No lo hago por una razón bien simple: el miedo a que ya no esté.</p>
<p>Mi santa y querida abuela que está en el cielo, una vez me dijo: “…las cosas que nos marcan en la vida, siempre son para prepararnos para algo más grande”.</p>
<p>Y tenía razón. Hoy en día, este gran árbol es una hermosa metáfora para referirme a la divinidad de Dios. Él me permitió llegar a sus brazos. También lo vi llorar por mi culpa, le clavé una estaca en sus brazos y pies. Yo me entristecí. Él se sacrificó para que yo llegara a la cima.</p>
<p>Cuando rezo, recuerdo cuando estaba en la cima de este árbol. A veces experimento las mismas sensaciones. A veces me gustaría leer el pensamiento los seres que amo, y los que no tanto. Muchas veces me gustaría poder adivinar sus acciones y poder leer sus sentimientos. Algunas veces me gustaría volver a tener esos poderes asombrosos.</p>
<p>De alguna manera, este gran árbol aún existe.  Hoy, me cuesta mucho escalarlo.  Muchas veces no logro llegar a su cima.</p>
<p>Debe ser porque estoy más viejo, gordo y cansado.</p>
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		<title>De vuelta al colegio</title>
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		<pubDate>Fri, 08 May 2009 21:55:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Yo soy de la generación del Liceo Cervantes de 1988. De la generación que estudió en este colegio hasta 8º básico. Muchos siguieron, otros nos cambiamos. Soy de esa generación que usaba calcetines blancos y zapatos pluma. Una generación que estaba llena de historias y personajes, de dramas y colores. Hay tantas historias, millones de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Yo soy de la generación del Liceo Cervantes de 1988. De la generación que estudió en este colegio hasta 8º básico. Muchos siguieron, otros nos cambiamos. Soy de esa generación que usaba calcetines blancos y zapatos pluma. Una generación que estaba llena de historias y personajes, de dramas y colores. Hay tantas historias, millones de nombres dibujados en los muros, que han sido cubierto año tras año con pintura, pero que aún están allí.</p>
<p>Hay historias de mil pichangas, donde usábamos los envases de yogurt como pelota. Mil niños y jóvenes corriendo por los patios sin silencio, mil partidos sin ganar, el sol furioso golpeando en la baldosa del patio, esa sí era una caldera. Recuerdo al inspector “cucharini” golpeándonos en las piernas con el cordón del micrófono (eso dolía mucho). Recuerdo al inspector Castro, del cual nunca conocí su voz, y nos castigaba levantándonos de las patillas (eso dolía mucho más). Recuerdo a la tía Cina y al tío Pedro del transporte escolar, en esos “pan de molde” amarillos, donde no sé como entrábamos 30 niños. Recuerdo a la muy rica profe de inglés que nos tenía vueltos locos en un colegio que nunca fue mixto. Recuerdo a la profe de castellano, que no sé porqué, siempre me tuvo mala y adoraba al mateo del curso (grande William). Recuerdo los feroces cachamales, los escupitajos y las mochas siempre con una gran afluencia de público. Soy de la generación del descomunal “mojón” que un día apareció en el baño, y que morbosamente convocó a todos los alumnos, profesores, inspectores y transportistas del liceo. Soy de la generación que inauguró el edificio blanco, donde estudiamos toda la enseñanza básica, donde realizamos miles de actos, donde cantamos innumerable veces el himnos del liceo, himno que aún suena en mi cabeza de tantas veces que lo cantamos.<br />
Soy de la generación del “Festival de la amistad”, festival de canto donde no pude participar por desafinado, pero donde participó mi compañero William, en un repleto “Estadio Chile”, donde entonó una canción de Luis Miguel.</p>
<p>Aún recuerdo muchos sobrenombres, y obviamente el mío. Recuerdo ser el más alto del colegio, y eso no era motivo de orgullo cuando uno es niño y sólo quiere ser igual a los demás. Recuerdo que nunca fui rey feo ni presidente de curso. Las niñas, que iban en la jornada de la mañana, nunca se fijaban en mi… (viendo las fotos de esa época, ahora entiendo el porqué). Sólo una vez me agarré a combos. Fue un día cuando jugaba videos, antes de entrar al colegio. Un alumno de la enseñanza media me molestó hasta que me llené de ira y le propiné, como se dice en buen chileno, un combo en el hocico. La historia no termina allí, él me esperó a la salida de los “flippers”, se me tiró por la espalda, me lanzó al suelo, en medio de la calle García Reyes. Yo instintivamente me cubrí el rostro para que la lluvia de patadas no me llegara a la cara. En ese momento, mientras aguantaba la golpiza, mientras escuchaba a una multitud de alumnos gritar Eh, Eh, Eh&#8230; divisé la punta de un listón de madera, que en realidad era una cuchara de palo que iba ser utilizada en “Técnicas manuales”, cuchara que era excesivamente grande y que sobresalía por más de 30 cms. de mi bolso. La cuchara era tan grande, que en un momento pude alcanzarla con mi mano, y en el mismo suelo estiré mi brazo y la quebré en el rostro de aquel abusador.</p>
<p>Debo decir que soy orgulloso de ser Cervantino. Allí aprendí muchas cosas, muchas más de las que pudieron enseñarme los profesores, muchas más de las que hubiera querido aprender. Hoy, muchas veces, con mis problemas de adulto, quisiera estar sentado allí en la segunda fila, mirando a la profe de inglés, riéndome con mis compañeros, preguntándome “que voy a ser cuando grande”.</p>
<p>Recuerdo todo esto como si fuera ayer. Hoy, mi hijo Vicente está en otro colegio, y lo voy a dejar todos los días. Juro por Dios, que todos los días cuando voy a buscarlo, y lo veo a la distancia, siento un cosquilleo en el estómago. No sé si me atemoriza lo rápido que pasa el tiempo, o es la alegría y el orgullo que me llena el alma.</p>
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